En el extremo sur de América se encuentra Ushuaia, la ciudad más austral del mundo; puerta de entrada a la Antártida; un centro urbano con apenas un siglo de vida, pero plagado de historias de naufragios y conquistas. Alrededor, se despliega un fascinante bosque patagónico, donde las nieves nunca desaparecen y donde el hombre apenas ha dejado sus huellas.

Textos y fotos: Juan Pedro Chuet-Missé

Ushuaia el fin del mundo

No era tan trasnochada la imaginación de Julio Verne para describir a aquellos destellos que provenían de la Isla de los Estados, potentes e imprescindibles para los navegantes. Dijo que eran originados por un faro, un faro ubicado al fin del mundo. Después, venían los misterios, las costas cortadas a mordiscos del Canal de Beagle y el Mar de Drake que separa a América del continente virgen de la Antártida.

La ciudad parece estar colgada del mapa de cara a las heladas aguas del Canal de Beagle y ahí nomás de los mares antárticos, dueña de una belleza urbana que, si bien es modesta, es la puerta de entrada a un espectacular marco natural de bosques, costas de orillas abruptas y cerros con nieves eternas. Una ciudad que apenas pasó el centenario de vida, dueña de una corta historia donde las tragedias de naufragios y de presidiarios dieron paso a una explosión industrial y demográfica en las últimas décadas, que acompañó a un fuerte impulso del turismo, práctica cotidiana de miles de visitantes que llegan a esta comarca para develar sus misterios y ser testigos de su belleza natural.

Ushuaia fue escrito como “Ooshooia” y pronunciado como “uyuuaia” por los misioneros ingleses que llegaron a la zona en 1869, cuando escucharon la palabra en boca de los indios yámana, sus futuros evangelizados, para nombrar a la “Bahía al Poniente” que actualmente cobija a la ciudad. Estos indígenas, como las otras tribus Onas, Manek´enk y Alakaluf, poblaban el territorio soportando inviernos crueles sin calzado y apenas ataviados por un par de pieles de foca. Las persecuciones que derivaron en masacres, la explotación de sus recursos y las enfermedades diezmaron su población: de 10 mil indígenas quedaron 350 en medio siglo; y ninguno en la actualidad.

Este territorio, codiciado por balleneros y aventureros europeos con ganas de apropiarse de un poco de territorio de ultramar, revestía de una gran importancia estratégica. La solución para demarcar la soberanía argentina, hacia fines del siglo XIX, fue instalar un presidio militar en la vecina Isla de los Estados, luego trasladada al actual extremo oeste de la ciudad, y que hacia 1911 daría nacimiento a la Ushuaia.

Ushuaia el fin del mundo

La cárcel está a un costado del casco urbano, es un abanico de pabellones e instalaciones integramente construidas por los mismos presos. Las bajas temperaturas y las condiciones extremas de vida carcelaria tornaban la estadía en una pesadilla. Y fueron las manos callosas y desnudas de los presos los que, además de levantar las paredes del penal, construyeron buena parte de la ciudad que comenzaba a nacer y a recibir inmigrantes españoles, italianos y croatas.

En la cárcel, que cerró en 1947, actualmente se puede visitar el Museo Marítimo, donde se puede descubrir la historia de la ciudad por un rosario de anécdotas y relatos de naufragios, rescates y epopeyas de descubrimientos, conquistas y asentamientos. A un costado, se encuentra una réplica del Faro del Fin del Mundo. Sí, el mismo que Verne describió aunque nunca lo haya visto en persona.

De cara a la bahía, ramificada por el valle que la rodea, Ushuaia es una agradable villa con un intenso ritmo comercial y turístico. A lo largo de la avenida Maipú se encuentran bellas casas de techos de chapa, de colores vivos y con un aire de decadencia señorial.

Aunque se encuentre a menos de 4.000 kilómetros del Polo Sur, Ushuaia no tiene las temperaturas extremas que aparenta su latitud. Su media es de 1,6° C en invierno, y las siete u ocho horas de luz diurna indican que los días deben aprovecharse a fondo. En tanto, conforme se va acercando el verano austral, se van alcanzado temperaturas en torno a los 10 grados, aunque como todo el clima de la Patagonia, hay que estar preparado para pasar del sol más radiante a la ventisca de nieve más furiosa en cuestión de minutos.

Parques y bahias australes

Las bellezas naturales del Parque Nacional Tierra del Fuego son para disfrutar sin prisas. Se trata de una franja de 63.000 hectáreas en el extremo sudoeste de la comarca, que presenta un paisaje glaciario donde se alternan los valles de ríos y lagos con la imponente presencia del cordón montañoso de la Cordillera de los Andes que se adentra en el mar. Las sendas y circuitos del parque ofrecen paisajes con visual de alto impacto, con el manto blanco permanente que tapiza las lengas, los guindos y colihues de estos bosques subantárticos.

En el parque se puede conocer la curiosa formación de los turbales (gigantesca agrupación de musgos en estado de lenta descomposición) y las castoreras, los diques que construyen los castores en los arroyos de la zona. Si bien este roedor de dientes afilados puede ser muy simpático y todo un ejemplo de arquitectura natural, se trata de una especie introducida que causa desastres ecológicos con su instinto de andar tapiando los cursos de agua con maderas de lengas.

La forma más recomendada de acercarse al Parque es paseando en el Tren del Fin del Mundo, una maravilla ferroviaria construida por los presos locales hace 80 años. La locomotora a vapor, como una ampliación de una maqueta infantil, impulsa a un grupo de vagones de verde inglés, de amplios ventanales y generosa calefacción. En su trayecto de 50 minutos, el trencito recorre la margen de río Pipo, permite saciar el deseo de una buena foto de paisajes y conocer la recreación de un campamento yámana, en un bosque de cohiues y lengas.

Ushuaia el fin del mundo

Si el tiempo colabora, una de las formas más impactantes de descubrir estos parajes es navegando por el Canal de Beagle y la Bahía de Ushuaia, atesorando en los recuerdos la imagen de la ciudad con los picos nevado al fondo, mientras la estela de la embarcación despierta la curiosidad de los cormoranes y los albatros. Así, hasta llegar a la Isla de los Lobos (colonia de lobos marinos) y al faro de Les Eclaireurs, la luz que brinda la bienvenida a los navegantes del mundo que llegan a esta ciudad; con el mismo fulgor y cadencia con el que, hace una centuria, el faro del Fin del Mundo advertía a los navegantes de la terra incógnita que se desplegaba más allá de su alcance; tierras que si bien ya fueron exploradas, todavía guardan secretos para ser descubiertos.