Las dos islas más famosas y recomendadas del Mar Egeo son Santorini y Mykonos. Pese a haber sido invadidas por el turismo, y sobre todo por el más fashion y sofisticado, estas islas conservan un encanto que cuesta describir, gracias a su privilegiada ubicación en un paisaje de postal. Aquí, el mar de un azul puro es el marco para las casas de un blanco inmaculado, junto a una gran variedad de colores que van cambiando en el curso del día.

 Texto y fotos: Juan Pedro Chuet-Missé

Santorini by Juan Pedro Chuet Misse

 

 Las islas antiguamente eran una sola isla. Era de forma redonda, como si fuera un huevo frito. Pero allá por el 1627 A.C., su parte central explotó y provocó la mayor explosión volcánica de la que pueda haber registro. Nadie lo pudo apuntar, pero basta decir que la civilización minoica, que había surgido con esplendor en Creta, desapareció de la historia por la fuerza del tsunami que causó la explosión. Y dicen que aquí surgió la leyenda de la Atlántida.

Así nació Santorini, que tras otras erupciones y movimientos telúricos, ahora tiene forma de cruasán y que es uno de los centros turísticos más importantes –y más bonitos– de las islas Cícladas, en el Mar Egeo.

Aquí los ojos no se cansan de tanta belleza. El Egeo es un mar de un azul imposible, y las costas de Santorini en realidad son acantilados de 100 a 300 metros de alto, como si fuera una fruta pulida en sus costados. Las rocas volcánicas confieren un tapiz multicolor, donde las rocas negras se mezclan con otras de un rojo furioso, y cada tanto, los pastizales y las margaritas dan un delicioso contraste a esta paleta cromática.

Santorini by Juan Pedro Chuet Misse

Y para atenuar, o para resaltar según donde pegue el sol, el blanco, impoluto y permanente, de la casas pintadas a la cal. Si alguien recuerda una imagen de las casitas blancas y las iglesias con cúpulas azules, pues este es el lugar.

La principal ciudad de Santorini es Fira (o Thera, en lengua griega), una villa pensada por y para el turismo, con un pequeño centro que se convierte en un nudo de tránsito, y unas callejuelas en las que conviven tiendas de lujo con bares y restaurante de comidas típicas. Pero todos los caminos llevan, invariablemente, al paseo de la cornisa mayor, donde la caída del sol es un espectáculo que ningún visitante puede perderse.

Santorini by Juan Pedro Chuet Misse

Pero la joya de la corona es el pequeño poblado de Oia, en el extremo norte de la isla. Para llegar a ella, el consejo es abstenerse de tomar el bus vecinal, y emprender una caminata de tres horas por los caminos de cornisa, resistiendo al viento en algunos tramos, descubriendo lagartijas en otro, siempre con el mar azul a la izquierda y con caprichosas formaciones rocosas a la derecha. Así, se llega a esta villa blanca de calles de laberinto e iglesias minúsculas, donde se contempla las mejores vista del paraje.

Y en el medio de este paisaje, siempre presente, la isla de Palea Kameni, que surgió de erupción en erupción, la última en 1950. A ella se puede llegar en una excursión en barco, que permite descender y recorrerla para descubir un paisaje lunar, con fumatas de azufre que recuerdan que el volcán puede estar dormido pero no extinto.

Mykonos

A dos horas en ferry de Santorini está la otra meca turística del Egeo, Mykonos. La villa homónima es una mezcla de Cadaqués y Sitges: tiene el toque bohemio y una belleza que recuerda a la ciudad del Empordá, pero a su vez predomina ese turismo fashion y de diseño que también se encarna en Sitges.

En este sentido, Mykonos parece tener la mayor concentración de tiendas de lujo y restaurantes de estilo del Mediterráneo (exceptuando la Costa Azul, claro) en tan poco espacio. Sus calles, también de un blanco inmaculado, tienen un trazado endiablado y no es raro que el turista se encuentre que ya van tres veces que pasó por la boutique de Bulgari cuando creía que tenía el rumbo definido.

Mykonos by Juan Pedro Chuet Misse

En Mykonos hay un par de molinos para recordar que hasta no hace mucho tiempo era una isla dedicada a la producción agrícola, y que sus habitantes sobrevivían como podían ante un suelo árido que sólo permite un par de cosechas sin pretensiones.

Pero la varita mágica del turismo cambió a Mykonos, y sus playas son de las más codiciadas del Egeo. Durante los meses de verano, los cuerpos esculpidos y el bronceado invaden las costas, y los colmados atendidos por ancianas vestidas de negro se eclipsan cuando pasan los coches tuneados, con altavoces que anuncian fiestas similares a las de Ibiza.

Sus habitantes, como el amable Giorgio Nazos, se resignan ante estos nuevos signos de los tiempos. El hombre, propietario de una hostería, sabe que el Mykonos actual está lejos del que vivió en su infancia. “Pero si no fuera por el turismo, todavía seguiríamos cuidando cabras”, dice. Y sonríe mientras el pueblo

Santorini by Juan Pedro Chuet Misse