Decir que Amsterdam es la capital europea de la tolerancia, aparte de ser un poco exagerado, es un pelín cursi. Pero de alguna forma hay que aproximarse a esta ciudad con aires pueblerinos, capital turística y cultural de los Países Bajos (no administrativa, que es La Haya); y que cuenta con una apasionante historia de supervivencia e ingenio.

Amsterdan por Juan Pedro Chuet-Missé Amsterdan barrio de las Islas Occidentales Amsterdan plaza Dam como es Amsterdan Rijksmuseum Amsterdan Rijksmuseum Quien es Juan Pedro Chuet

“Las ciudades reflejan el espíritu de cada pueblo. Mire el mapa de Venecia: calles y canales que forman un laberinto de idas y vueltas. Mire ahora el de Amsterdam: calles de trazado geométrico, en forma de círculos concéntricos, surcadas por canales que aportan armonía y orden”. Quien habla es Hans, con una Heineken en la mano y acomodado detrás de la barra de un bar a pocos metros de la plaza Dam, corazón del Amsterdam clásico y moderno.

Es cierto que Amsterdam tiene una urbanización más armónica que la intrincada Venecia, y a su metáfora de ciudad tranquila, organizada y planificada también hay que agregarle los adjetivos de tolerante, abierta y vanguardista.

En esta ciudad, el consumo de cannabis está tolerado siempre y cuando se realice en los coffee shops; las prostitutas del Barrio Rojo –y de otros barrios– se exhiben en ventanales y nadie se escandaliza; la okupación de casas abandonadas está regulada por ley y la comunidad homosexual es una de las más numerosas y activas de Europa.

Es que los holandeses, y los ciudadanos de Amsterdam en particular, han comprendido que la tolerancia es el único camino tras una historia de crispaciones y persecuciones

Pero como en todo ámbito, siempre hay códigos. Y “respeto” es la palabra clave. A saber: fumar marihuana fuera de esos establecimientos significa arriesgarse a una fuerte multa, así como consumir drogas pesadas implica ir a la cárcel. Las prostitutas no son animales de feria, y quien pretenda sacarles una foto corre con la posibilidad de que el chulo salga detrás de una puerta y le tire la cámara al agua de un canal. Y para okupar una casa, hay que demostrar que el inmueble hace un año que está vacío y que se encuentra en estado de abandono.

Es que los holandeses, y los ciudadanos de Amsterdam en particular, han comprendido que la tolerancia es el único camino tras una historia de crispaciones y persecuciones. Su progreso económico en el siglo XVI llevó a una pelea de perros y gatos con el imperio de Felipe II, que derivó en la independencia de los Países Bajos. Con la llegada de refugiados por motivos religiosos, fue conformándose su carácter cosmopolita y abierto. Tras el apogeo del Siglo de Oro en el XVII –donde las obras de la escuela flamenca que se pueden ver en el Rijksmuseum (Museo Nacional) son el mejor testigo-, vinieron las luchas de las guerras napoleónicas, las hambrunas por la Primera Guerra Mundial y la ocupación nazi de la Segunda; cuya nefasta huella se puede analizar en las exhibiciones de la Casa de Ana Frank.

A ver, que tampoco los holandeses han sido muy tolerantes en su pasado se demuestra con sus conquistas coloniales en el Caribe, Surinam y en el sudeste asiático. Pero una vez perdido su imperio, ha quedado una inmigración de lo más variada, que en las pequeñas callejuelas ofrecen comida creole o la indonesia, que quema el paladar al más valiente –aunque es exquisita, valga la aclaración–.

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Concepción de futuro

Esta ciudad mira al futuro: aquí los coches son más un problema que una solución, ya que su eficaz red de tranvías y la cercanía de los puntos de interés llevan a ser recorrida a pie o en bicicleta. Precisamente, éste es el vehículo rey. A razón de dos bicis por habitante, son las dueñas de las calles. Y tienen prioridad de paso: hay que ir con cuidado, ya que como que uno vaya por ahí distraído, el dueño de la bicicleta ni piensa en frenar.

Aparte del citado Rijksmuseum y su importante colección, el museo artístico más visitado es el de Vincent Van Gogh, donde se pueden contemplar obras como Los Comedores de Patatas o una de las versiones de sus famosos Girasoles; además de cuadros de otros artistas del siglo XIX como Toulouse-Lautrec, Gaugin o Monet. Y cuando uno recuerda que el pintor murió loco y en la pobreza; y que ahora este centro cultural explota de gente día a día, se pregunta si sirven de algo las revanchas aunque lleguen un siglo después.

Hay rincones de Amsterdam que figuran de pasada en las guías, y que son para perderse y descubrirlos sin prisas. Por ejemplo, el barrio de Joordan, elegante y bohemio, de casas con pequeños jardines y una arboleda abundante flanqueando los canales.

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O el barrio de las Islas Occidentales, donde diversos arquitectos demuestran cómo crear viviendas en espacios reducidos pero sin renunciar a la comodidad. Y también está el particular Canal Prinsengracht, una de los vías fluviales donde se concentran las casas-barco más bonitas de la ciudad.

Es que el crónico déficit de viviendas en esta ciudad llevó a sus habitantes a recurrir a soluciones como estas casas flotantes. Y son tan comunes que todas cuentan con sus conexiones de luz, agua y gas; y su correspondiente dirección postal.

Esta alternativa refleja el mismo patrón de ingenio que condujo a los holandeses a ganarle el pulso al mar y poder edificar un país sobre tierras inundables; a vencer a un imperio tan poderoso como el español o a sobreponerse a la barbarie nazi. Y así mira Amsterdam su futuro, sin rencores y con la mente puesta en vivir y dejar vivir.

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